Es un volcán. Jovial, dicharachero, espídico; tan alejado del arquetipo sosegado isleño, y al mismo tiempo canario hasta la médula. Las ideas parecen agolparse en el interior de su cabeza, fluyen a borbotones por su boca, que a veces no es capaz de seguir el explosivo ritmo al que bulle su mente mientras intenta que asimilemos 30 millones de años de historia geológica en un par de minutos; una clase magistral en la que Carmelo Peña Santana pone en contexto el terruño con el que trabaja. Bloques, fallas, magma, placas tectónicas, puntos calientes, corrientes de ascensión… Se ayuda de una tiza con la que dibuja el alumbramiento de sus amadas islas sobre las losas de piedra caliza de un poyete que oficia hoy de pizarra y de mesa de cata a la misma puerta de la bodega arrendada en la que elabora.
Es un lugar idílico y un momento idílico, tierras volcánicas de negro picón frente a la caldera de Bandama, en el corazón del monte Lentiscal, tierras acariciadas normalmente por los vientos alisios, que hoy han decidido cambiar de rumbo y teñir el cielo de una monocromática calima que es una pieza más de este complejo puzle que es el terruño de las Islas Canarias en general y de Gran Canaria en partricular.
Aquí, en Santa Brígida, elabora Carmelo los vinos de su proyecto Bien de Altura, a poco más de cinco kilómetros lineales de la costa, si bien sus viñas se encuentran en San Mateo (Vega de San Mateo, formalmente), hacia el interior de la isla, a una decena de kilómetros de distancia lineal duplica en la práctica por serpenteantes carreteras que desafían hoyas, barrancos, laderas escarpadas y otros accidentes geográficos de este capricho de la naturaleza que es Gran Canaria.
Un viñedo viejo plantado por encima del cielo
Desordenamos cronológicamente nuestro relato para ordenarlo enológicamente, dejando aparcadas las explicaciones geológicas, la bodega y la cata para recorrer un inacabable serpentín de curvas esquivando las hojas de palmera caídas por el viento sobre la carretera, trasladándonos al origen de todo, a San Mateo, a un conjunto de viñas de entre 90 y 130 años de edad con suelos de picón en la zona Noreste, la zona que atesora el suelo más joven de la isla y que a la postre es la zona más fresca.
Bien de Altura no es un nombre casual. Las viñas se encuentran a entre 1.100 metros y 1.500 metros de altitud, por lo que las nubes se quedan por debajo, hay menos humedad, hay más horas de sol, se reduce el riesgo de enfermedades fúngicas y resulta más fácil trabajar de manera ecológica.
La primera viña que visitamos se encuentra en el paraje conocido como Lomo de la Sepultura, una ladera escarpada en la que las cepas plantadas en los años 40 juegan a parecer más jóvenes si intentamos adivinar su edad en función de parámetros como el grosor de su madera vieja. Error. Aquí todo es distinto. Carmelo nos explica que aquí no hay portainjertos; todo está plantado a pie franco, en una tierra extremadamente pobre que, como hemos visto, se encuentra “por encima” de la lluvia; una tierra austera para plantas austeras, de rendimiento austero y frutos suculentos.
Paseamos entre su caótico marco de plantación observando cómo varias cepas se han reproducido por acodo. Salvo algunas rebeldes excepciones, las hojas han caído ya hace algunos días, y las varas empiezan a querer agostarse. Cada uno de estos octogenarios seres supervivientes de esta tierra hostil zarandeada hoy por fuertes vientos portadores de arenas milenarias es un mundo en sí mismo, pero si miramos el conjunto detenidamente sí hay un patrón de conducción y poda que intenta repetirse, con un tronco elevado a 60 o 70 centímetros del suelo del que salen varios brazos casi tan robustos como el propio tronco; brazos que forman codos generalmente abruptos que alimentan dos, tres, cuatro y hasta cinco varas. Son en su mayoría Listán Negro, pero hay algo también de uva blanca. Con ellas se elabora Sansofí, uno de los vinos del proyecto.

Carmelo Peña y el vino: El origen de un flechazo
Cronológicamente, dejamos a Carmelo, que tiene que volar a una isla vecina y nos despedimos muy agradecidos por su generosidad enseñándonos este terruño único, este “planeta” tan diferente a lo que conocemos. Enológicamente, viajamos en el tiempo y en el espacio para volver a la finca de la bodega Montealto, a las tierras volcánicas de negro picón frente a la caldera de Bandama donde Carmelo dibuja la historia geológica de las Canarias sobre las losas de piedra caliza de un poyete que oficia hoy de pizarra y de mesa de cata.
Todo empezó de manera casual. Carmelo estudió ingeniería química, pero siempre quiso tener un restaurante, así que hizo un curso de un año de restauración y surgió el flechazo con “la parte del vino”, tal y como nos cuenta en animada charla. Al curso de restauración le seguiría otro de sumillería, y a continuación estudió enología y siguió formándose en Oporto, El Bierzo e Itata (Chile), donde el viñedo es “hijo” del viñedo canario, que hace medio milenio viajó desde estas islas en forma de sarmientos.
Dirk Niepoort, Raúl Pérez, César Márquez o Pedro Parra fueron algunos de los guías de este apasionado de los suelos, del conocimiento, del origen de las que son sus islas, cuyos suelos no deja de estudiar junto con un amigo geólogo chileno.

Carmelo elabora hoy unas 20.000 botellas cada año, si bien la cosecha de 2024 ha sido muy escasa por la sequía atribuible al cambio climático. Además de en “su” isla, elabora vino en Lanzarote y, a través del proyecto El3mento, en distintas partes de un planeta que amenaza con quedársele chico.
Los vinos de Carmelo Peña Santana
Y va tocando ya dar unas pinceladas de los vinos. Comenzamos catando Ikewen 2023, en rama, directamente del depósito de acero inoxidable. Es el vino de pueblo del proyecto, procedente de San Mateo y elaborado fundamentalmente con Listán Negro y algo de uva blanca. Fermentado íntegramente con raspón y vinificado con maceraciones largas (entre 30 y 40 días), encontramos un vino muy expresivo, de fantástica acidez. Por cierto: ‘ikewen’ significa ‘origen’ en la lengua bereber amazig.
Otra palabra amazig da nombre al segundo vino que cataremos igualmente en rama. Tidao 2023 (‘unión’, en castellano) repite variedades pero proviene de cepas de 130 años de una única parcela de orientación sureste ubicada a 1.100 metros de altitud con suelos de picón, cuarzo, feldespato y silicatos. Elaborado 100 % con raspón y fermentado en madera, pasa un año de crianza en barricas usadas. Es un vino frutal y mineral, fácil, vertical, con muy buena acidez, sorprendentemente fino y delicado; una delicia.

Finalmente, probamos también Sansofí 2023 sin embotellar, el vino de la parcela que visitaremos en San Mateo, una cara norte cuyo suelo es más ácido. Su elaboración es idéntica a la de Tidao, y sin embargo encontramos un vino de mayor acidez, fino e intenso; una deliciosa mezcla de fruta roja y mineralidad.
Continuamos la cata descorchando La Diego 2022, un vino de Jable de Tao, el proyecto que Carmelo comparte en Lanzarote con Alexis Betancor, David Hall y Matuli Rodríguez. Se trata de un monovarietal de uva Diego (o Vijariego Blanco) de viñas viejas plantadas sobre rofe volcánico erosionado. Tras un prensado directo, el mosto fermenta en barricas nuevas de 500 litros. Su nariz nos recibe con intensos aromas a fósforo y fruta blanca. En boca es muy glicérico, con muy buena acidez, cuerpo, longitud, intensidad y un sutil toque láctico. Es un vino que habla (casi casi “a gritos”) de un paisaje; y es que prácticamente todo lo que nos gusta encontrar en un vino lo encontramos aquí.
Del mismo proyecto probaremos El Chupadero 2022. Procede de una viña situada en el interior de un cráter, una viña muy fresca cuya uva daba 11 grados de alcohol probable en el momento de la vendimia. Se trata de un monovarietal de Listán Blanco (Palomino) rebosante de acidez que ofrece un trago largo, mineral, muy complejo y, sencillamente, delicioso.
Volvemos de nuevo a Gran Canaria y cambiamos de proyecto para probar un vino del que Carmelo es el director técnico. Vandama 2021 es un coupage de Listán Negro y Negramoll rebosante de acidez, fruta roja y buena estructura.
Acabamos con Ikewen 2022, del que Carmelo nos cuenta que es un homenaje a la familia, que siempre ha estado allí para ayudarle. Fruta roja, desbordante mineralidad, buena acidez, finura y verticalidad destacan en un vino bien estructurado que se bebe solo.
Observando la etiqueta de Ikewen, de ese “origen” escondido detrás de una palabra de la lengua que hoy hablan quienes fueron los primeros pobladores de las Islas Canarias, reparamos en la foto de unos pies teñidos de rojo antocianino de alguien que parece descansar tras haber pisado las uvas en la cuba. Carmelo nos explica que son los pies de alguno de los familiares “invitados” a vendimiar; una foto que ha ido cambiando año tras año y que en la añada 2023 se reemplazará por un nuevo diseño.
Mientras “recatamos” este delicioso vino de villa, reparamos en todo lo que nos transmite una etiqueta así, en ese homenaje que Carmelo hace a la familia, en cómo el concepto del “origen” se traslada a sus vinos, y en la importancia de que un viticultor apueste por reflejar con la mayor fidelidad posible la desbordante singularidad de estas tierras volcánicas, de su negro picón, de los vientos alisios y hasta de la monocromática calima, que es una pieza más de este complejo puzle que es el terruño de las Islas Canarias en general y de Gran Canaria en partricular.
| Vino | Alcohol | Producción | Precio (75 cl) |
| Ikewen 2023 | – | – | Próximamente a la venta |
| Tidao 2023 | – | – | Próximamente a la venta |
| Sansofí 2023 | – | – | Próximamente a la venta |
| La Diego 2022 | 12 % | 1.200 botellas de 75 cl | 40-50 euros |
| El Chupadero 2022 | 11 % | 800 botellas de 75 cl | 35-60 euros |
| Vandama 2021 | 12 % | – | ~30 euros |
| Ikewen 2022 | 12,5 % | – | ~30 euros |

















